Salmo 2:7 NVI

“Yo proclamaré el decreto del SEÑOR: Tú eres mi hijo, me ha dicho; hoy mismo te he engendrado”. Salmo 2:7 NVI

Si bien esta porción en su contexto está referida a una profecía mesiánica -por lo que nos infunde mucha esperanza- no deja de tener también una aplicación personal en cuanto a cuál debe ser nuestra actitud dentro del cumplimiento del plan de Dios.

Está muy claro que somos hijos de Dios, eso no se discute ni requiere mayor explicación, aparte de una exhortación a comportarnos como hijos de Dios que somos.

Una de las cosas que como hijos de Dios debemos hacer es proclamar los decretos y planes de Dios para la humanidad.

Debemos recordar que el mundo está bajo la autoridad del enemigo, a pesar de que no le pertenece a él.

El mundo, como tal, es enemigo de los hijos de Dios.

Sus criterios y sus opiniones no están de acuerdo con las disposiciones del Padre.

Cada día que pasa vemos a esta sociedad postmoderna alejarse más y más de los principios bíblicos para adoptar filosofías destructivas que degradan la dignidad de los seres humanos.

Es nuestro deber alertar a la sociedad sobre estos perniciosos estilos de vida de una manera inteligente y no conflictiva, ya que corremos el riesgo de obtener resultados no deseados.

El enemigo ha tenido éxito en presentar a Dios como un ser vengativo y lleno de ira.

No es que Dios no va a ejercer la venganza, de hecho, la venganza le pertenece a él y sólo a él.

Tampoco es que Dios va a impedir que corra libre su ira, también eso le corresponde a él.

La ira y la venganza son parte integral de la justicia divina.

El problema está en que el mundo pasa por alto la justicia, la misericordia y la gracia de Dios que es lo que se le ofrece a la humanidad para que pueda salvarse.

La humanidad se ha dejado engañar por el enemigo y desconoce que Dios le ama.

Es nuestra obligación proclamar el mensaje de amor, paz y salvación que ofrece Jesucristo a todos los que deseen acercarse a él.

Recordemos que la cosecha es abundante pero son pocos los obreros.

Proclamar el evangelio, ese es nuestro deber.


Amén.

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